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Energía, alimentos y agrocombustibles
Gerardo Honty
La energía no
se crea ni se destruye sólo se transforma. Este es el sencillo enunciado
propuesto por Antoine Lavoisier hace más de doscientos años que aún rige
buena parte de nuestro entendimiento sobre la energía. Las derivaciones de
un enunciado tan sencillo aplicadas a la
política energética pueden ofrecer pistas interesantes para el análisis de
uno de los temas más debatidos en el mundo de hoy.
Introducción (necesaria pero prescindible)
La energía no se crea ni se destruye sólo se transforma. Pero al
transformarse, se degrada. Es decir, cada vez que la utilizamos de alguna
forma, aprovechamos parte de ella (transformándola en energía “útil”), y
desaprovechamos completamente el resto, sin posibilidad de recuperación
(salvo contadísimas excepciones tecnológicas). En términos muy sencillos y
generales, esta es la base del conocimiento científico del que disponemos
sobre cómo funciona la energía.
Por ejemplo, la energía contenida en la nafta, una vez ésta es quemada en
el carburador, se transforma parcialmente en el movimiento que se
transmite a las ruedas, pero la mayor parte se convierte en calor. Tanta
se transforma en calor que tenemos que idear complejos sistemas de
refrigeración para mantener el motor a una temperatura que no funda los
metales. Toda esa energía en forma de calor la “perdemos” de manera
irrecuperable.
El conjunto de la energía disponible en el planeta proviene del sol, a
excepción de unas pocas como la nuclear (restos de una estrella explotada
hace millones de años), la geotermia (que proviene del calor del centro de
la Tierra) y la de las mareas (que proviene las fuerzas gravitacionales).
Cuando utilizamos la energía proveniente del sol o sus derivadas (viento,
hidráulica, fósiles, biomasa, etc.) debemos tener presente que
aprovechamos solo una parte menor de ella, que la mayoría la “perderemos”
sin poder usarla y toda ella (utilizada o no) se convertirá en energía
degradada.
De esto podemos sacar algunas conclusiones. La primera es que, si la
energía no se crea ni se destruye, la cantidad de energía en el planeta
sería constante. Si cuando la usamos se degrada, entonces la cantidad de
energía útil disponible debería ser cada día menor. Pero afortunadamente
como dijimos antes, la Tierra cuenta con una fuente de energía “externa”
que entrega mucha energía cada día: el sol, la única y auténtica fuente
“renovable” con la que contamos.
Apropiación de la energía
Durante decenas de miles de años, la humanidad se ha apropiado de parte de
la energía que nos llegaba del sol a través de los vegetales. Las plantas
captaban parte de esa energía y los seres humanos la tomaban ya sea para
su propio alimento o para transformarla en fuego y utilizarla con diversos
usos. Este proceso requería de un tiempo (las plantas tienen que crecer) y
de un espacio (donde ellas se instalan). La cantidad de energía disponible
en el planeta estaba limitada (a diferencia de la amistad del Principito)
por el espacio y el tiempo.
Pero hace unos pocos días –en términos geológicos- el ser humano descubrió
el carbón y comenzó a quemarlo con el objetivo de apropiarse de su
energía. Más tarde conoció el petróleo y el gas y les dio similar trámite.
Esto generó la ilusión de que la energía ya no dependía del espacio y el
tiempo.
Sin embargo estos combustibles fósiles son energía solar acumulada en las
plantas y animales de los tiempos prehistóricos, que los humanos
anteriores a nosotros nos dejaron como legado, excedente de una
civilización menos “desarrollada” y menos numerosa.
Cada vez que encendemos un motor y nos trasladamos unos kilómetros,
estamos transformando cientos de años del trabajo de vegetales antiguos en
una nube de calor y gases que –como subproducto–
nos mueve de casa al trabajo.
El sol como biocombustible
Si quisiéramos evitar la quema de los combustibles antiguos y movernos
solamente con la única energía “nueva” que nos llega al planeta
–la solar– deberíamos
procesar parte de la vegetación que crece en el planeta a fuerza de
energía solar cada día. Esto es lo que se trata de hacer con los
agro-combustibles: capturar la energía solar contenida en los vegetales y
darle una forma líquida que pueda ser metida en un tanque. El problema es
que la cantidad de biomasa que existe en este mundo y la velocidad a la
que la naturaleza la desarrolla, no alcanza a transformar toda la energía
que precisamos para sustituir los combustibles. Este es particularmente el
gran dilema de los agro- combustibles.
El petróleo se formó hace aproximadamente unos 400 millones de años y le
llevó unos cuantos siglos de captación solar y deposición en el subsuelo
terrestre. Si quisiéramos hacer de esto una matriz “sustentable”
deberíamos gastar tanto petróleo como la naturaleza puede procesar cada
año. Sin embargo, la tasa de consumo de derivados del petróleo es 300.000
veces mayor que la tasa de deposición geológica (y esto considerando el
período de mayor formación del crudo). Si quisiéramos sustituir todos los
combustibles que hoy consumimos con biocombustibles de origen vegetal,
deberíamos acelerar en un millón de veces el tiempo que demanda la
captación solar de la biomasa para lograr la misma cantidad de energía. Es
decir, lograr que las plantas sinteticen energía solar un millón de veces
más rápido de lo que lo hacen ahora.
Para aumentar la “productividad” de los sistemas agrícolas puede
aumentarse la cantidad fertilizantes y maquinaria. El problema es que esto
requiere de más energía. Más aún: según varios estudios algunos
agrocombustibles (como el maíz) apenas si logran entregar la misma
cantidad de combustible que consumen. Es como si tuviéramos una fábrica de
nafta que para elaborar un litro, requiere de un litro de nafta.
Hasta aquí, las sencillas razones por las cuales la idea de sustituir el
consumo de combustibles con combustibles agrícolas es una idea peregrina.
Todo puede ser peor
Sin embargo la falta de combustibles podría no ser lo peor de esta máquina
energo-voraz que ha creado el ser humano en esta etapa denominada
civilización moderna. Durante aquellos viejos años en que los humanos nos
apropiamos de la energía de las plantas, toda la energía que consumíamos
provenía del sol transformada en alimento. A medida que la población
aumentaba, los estados expandían (o procuraban expandir) sus dominios
territoriales para apropiarse de mayor cantidad de suelo cultivable. Pero
a partir de cierto momento ya no hubo más tierras cultivables de las que
apropiarse. Entonces, en los últimos minutos de nuestra historia vivida
–en términos geológicos- los hombres y mujeres que este rincón cósmico
habitamos hemos desarrollado la llamada “revolución verde”. Gracias a ella
la producción agrícola se multiplicó veces veces. Hasta ahora, buena parte
de las personas vinculadas a la agropecuaria se vanaglorian y congratulan
de ello.
Pero esto se logró sin aumentar la cantidad de tierra disponible en la
Tierra y sin aumentar la cantidad de energía solar, las dos condiciones
imprescindibles para aumentar la capacidad energética de la biomasa. ¿Cómo
fue entonces? De la única manera que las leyes de la física lo permiten:
se incorporó mayor cantidad de energía. A partir de entonces, cada vegetal
(o derivado) que ingerimos, no sólo contiene energía solar captada por la
vía de la fotosíntesis, también contiene energía proveniente del petróleo
y del gas natural convertido en fertilizantes y pesticidas químicos, sin
contar con toda la energía que es necesaria para mover y construir toda la
maquinaria agrícola que hoy se utiliza en la agricultura moderna (ver
recuadro). Es decir, el aumento de la productividad, se logró echando mano
al legado antiguo, las plantas y animales prehistóricos que transformados
en petróleo y gas fueron a su vez convertidos en agroquímicos y
combustibles para construir y mover la maquinaria aplicada a la
agricultura.
Almorzando crudo
Antes la energía contenida en los alimentos y de la que nos alimentábamos
venía del sol, única fuente externa que podíamos transformar sin miedo a
perderla porque al otro día estaría otra vez allí. Ahora la energía
contenida en los alimentos viene en una muy buena medida de una fuente en
vías de extinción, no renovable, y que cuando transformamos no podemos
recuperar. ¿Qué vamos a hacer cuando se termine el petróleo? No podremos
mover los tractores con biocombustibles porque estos a su vez requieren de
otros tractores, pesticidas y fertilizantes que necesitan petróleo.
Varios autores y analistas están culpando a los biocombustibles por el
aumento de los alimentos (ver nota aparte). Quizá los precios de los
productos agrícolas estén subiendo por un problema energético pero no
necesariamente a causa de la competencia por los granos y la tierra. Quizá
la economía (que funciona como un reloj ante los bienes escasos) esté
comenzando a internalizar unos costos antiguos que hasta ahora no había
incorporado. Me refiero al trabajo que la naturaleza ha hecho durante
millones de años para nosotros (¿para nosotros?) y que hasta ahora nadie
pagaba. El precio del petróleo incluye los costos de operación y la
ganancia de las empresas, pero al crudo en sí, a su valor intrínseco,
nadie le ha asignado un precio. Al menos mientras supusimos que era
abundante.
Hoy los precios de los agrocombustibles no son “competitivos” con los
combustibles tradicionales. A la luz de lo que venimos analizando la razón
parece evidente: los primeros tienen que pagar el trabajo de transformar
la energía solar en combustible líquido y dar cuenta de toda la energía
que se precisa para hacer eso. En cambio, para los hidrocarburos aquellos
son costos “hundidos” (literalmente) .
Llegó la hora de comenzar a pagar el trabajo que la naturaleza ha hecho y
del cual nos apropiamos (y malgastamos) gratis. La pregunta es: ¿a cuánto
ascenderá el precio de los alimentos cuando se nos pase la factura con
todos los costos que la “revolución verde” no ha incorporado?
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En 1994 en los EEUU, se gastaban cada año 1.500 litros de petróleo para
alimentar a cada estadounidense. El consumo de energía agrícola se
descomponía de la siguiente manera:
31% para la fabricación de fertilizantes inorgánicos.
19% para el funcionamiento de la maquinaria agrícola.
16% para el transporte.
13% para regadíos.
8% para aumentar la ganadería (no se incluye la alimentación del ganado).
5% para el secado de cultivos.
5% para la producción de pesticidas.
8% gastos diversos
No se incluyen en este gráfico los costes del embalaje, la refrigeración,
el transporte hacia los puntos de venta al por menor y el uso de la cocina
doméstica.
Food, Land, Population and the US Economy, Pimentel, D.
y Giampietro, M. Carrying Capacity Network, 11/21/1994. citado Pfeiffer
D.A. “Eating Fossil Fuels”. The Wilderness Publications, 2004.
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El precio de los alimentos
Los precios de los productos agrícolas continúan subiendo y en Europa
adjudican este aumento a la demanda de cereales para la fabricación de
biocombustibles. Según el periodista de economía Manuel Estapé “los cada
día más caros precios de los derivados del petróleo hacían simpática y
verde la política de subvenciones a los biocombustibles en la que
coincidían desde George W. Bush hasta el ex sindicalista Lula. Hoy las
cifras muestran que se ha creado un problema serio, con revalorizaciones
de los precios de algunos cereales del 60% al 80% este agosto respecto a
un año atrás que inevitablemente van a ir trasladándose a los consumidores
en los próximos meses, con su consiguiente impacto sobre la inflación. De
hecho, el fenómeno ya está en marcha en los últimos meses: éste será el
tercer ejercicio en el que la demanda mundial de cereales supera la
oferta.”
En otro artículo del mismo periódico La Vanguardia, Lorena Farrás da
cuenta del aumento de los productos lácteos. “Para el próximo inicio de
curso los consumidores pagarán más cara la leche y el conjunto de todos
los productos lácteos. Algunas marcas como Clas (Central Lechera
Asturiana), Leche Pascual o Puleva ya han subido precios, pero la mayoría
de industrias lácteas retrasa el ajuste de precios hasta después del
verano. En el mercado mundial, los aumentos de los precios son notables.
Desde hace un año, la cotización de la tonelada de leche en polvo ha
subido un 80% y el de la mantequilla industrial un 50%, con lo que
alcanzan niveles récord. para poder llegar a final de mes. Los productores
deben hacer frente, además, a la subida de los precios de los cereales,
fruto de la explosión de la demanda de biocombustibles. Así, desde el año
pasado, el maíz se ha encarecido cerca de un 60% y el trigo y la cebada
hasta un 50%”
Carmen Llorente, de El Mundo de España, también recorre la suba de la
mayoría de los productos de origen agropecuario: leche, trigo, maíz, y
consecuentemente lácteos, panificados y los productos de animales que se
alimentan de ellos: carne vacuna, pollo, huevos, etc. “Pero el grueso de
las subidas está por llegar -dice. Según la Asociación de Fabricantes de
Harinas y Sémolas de España, las cotizaciones en origen del trigo
panificable en Burgos -principal zona productora española- se han
incrementado un 46% en el último año. En el caso de Francia, primer
productor europeo y principal fuente de nuestras importaciones, la
cotización del trigo ha subido más del 66%; el maíz se ha revalorizado un
32%; y la cebada, un 44%... las miradas acusadoras se dirigen
principalmente a los biocombustibles –la
producción de energía a partir de la combustión de cereales, caña de
azúcar o girasol–, que están desviando una parte
importante de las cosechas a la generación energética. Se estima que este
año EEUU utilizará 85 millones de toneladas de maíz para la producción de
bioetanol –el 30% de la cosecha prevista–.”
Por su parte el director general de la Organización de las Naciones Unidas
para la Agricultura y la Alimentación (FAO), Jacques Diouf, dijo al
Financial Times que “los elevados precios internacionales de rubros
agrícolas como el maíz y el trigo a causa de factores tales como la
demanda de la industria de etanol, que emplea al maíz para producir
gasolina de automóviles, están afectando negativamente las necesidades de
consumo de países en vías de desarrollo y, por ende, los niveles de
pobreza” según la agencia AMN
Dijo además que los bicombustibles no sólo aumentaron la demanda de granos
como el maíz o trigo, sino que también ha tenido influencia en el aumento
de los costos de otros productos alimenticios, ya que se dedican menos
hectáreas a su cultivo y como consecuencia disminuye su oferta en el
mercado. Agregó un factor más de preocupación al afirmar que en caso
particular del maíz, este representa el 65% del consumo en países en vías
de desarrollo, mientras que en los desarrollados apenas ocupa entre 10 y
20%.
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G. Honty es
investigador de CLAES (Centro Latino Americano de Ecología social).
Publicado con modificaciones en el Suplemento de Energía de La
Diaria, Montevideo, el 28
de setiembre de 2007. Se reproduce en nuestro
sitio únicamente con fines informativos y educativos.
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